En la actualidad la actividad científica ha venido conviniendo en nuevas e interesantes formas de organización político-institucionales que merecen ser estudiadas.
Más allá de los postulados
académicos epistemológicos, los practicantes y financistas de la ciencia están
viabilizando soluciones tecnológicas y creando formas prácticas mediante intersubjetividades
que trascienden el claustro académico y los laboratorios experimentales.
La búsqueda incansable de la
verdad pareciera ya no ser una meta y ha sido sustituida por la resolución de
problemas concretos mundiales que generan verdades, por encima de la lógica
argumentativa. Verdades pragmáticas podría decirse.
Visto así, los postulados de la
ciencia normal (a la usanza de Thomas Kuhn) están desdibujándose ante estas
nuevas alianzas corporativistas privadas
y públicas.
¿Qué se está buscando? ¿Sigue
siendo la búsqueda de la verdad el norte de la ciencia? ¿La conformación de los
equipos de investigación, a cuáles intereses responden?¿Hacia dónde vamos con
la tecno-ciencia? Estas y otras tantas cuestiones pudiéramos formularnos en
este momento de reconformación de la actividad científica.
Dicen los investigadores Funtowicz Silvio y
Ravetz Jerome refiriéndose a lo que ellos llaman “La ciencia posnormal” (2000)
que “estamos viviendo en medio de una transición rápida y profunda, de manera
que no podemos predecir su resultado. Pero podemos ayudar a crear las
condiciones y las herramientas intelectuales por las cuales el proceso de
cambio podrá manejarse para mayor beneficio de la humanidad y del ambiente
global”.
Consideran que los conocimientos
o resultados de investigaciones científicas pasan a ser datos “blandos” en el
contexto de compromisos valorativos “duros” que surgen de acuerdos públicos en
la esfera de lo político para la resolución de problemas mundiales, tales como:
las hambrunas, la contaminación ambiental y el SIDA, entre otros.
Las dimensiones de lo social complejo,
en la frontera de los siglos presentes, asume que las producciones
intelectuales culturales, se intersectan a lo político y le da significaciones
de acuerdos económicos y, a su vez, éticos.
Estas miradas rompen con la concepción tradicional y lineal de la
epistemología y pasa a ser terreno de la sociología del conocimiento
científico.
Es la situación que identifican los investigadores Ordoñez
Javier, Navarro Víctor, Manuel José y Sánchez, Manuel (2008), en su libro
Historia de la Ciencia, al referirse al caso del Proyecto Genoma Humano que ha
sido motivo de lucha de intereses públicos y privados en la intersección entre
lo político y lo científico. La pugna entre la compañía comercial Celera
Genomics y el instituto nacional de salud de los Estados Unidos que controla el
proyecto a principios del presente siglo.
Ahora bien, ¿Qué de interesante
tiene investigar estos fenómenos? Por una parte, efectuar una reingeniería de
la definición de conocimiento científico,
la cual trasciende el nivel cognitivo y se entrelaza a la conativo y vivencial.
Por otra parte, descubrir que
esas negociaciones societales están representadas por epifenómenos que dan
nuevos sentidos a la racionalidad científica. La cual, hasta ahora, venía
siendo caracterizada por la evidencia, el razonamiento y la construcción
discursiva y está aparentemente claro que implica también consideraciones de
orden político, económico, morales y éticos, tanto en la esfera de lo público
como de lo privado.
Y aun mas, temas tan álgidos como
la intuición, la serendipia, la trascendencia espiritual se entrecruza aquí.
Pues las consideraciones religiosas, morales y en todo caso culturales se vehiculan
en el mismo recorrido de la racionalidad científica.
Por tanto, lo interesante de
disertaciones de este tipo es develar el entramado de la ciencia hoy, la cual ya
no es más un conocimiento objetivo del sujeto cognoscente. Es el resultado de
negociaciones y acuerdos intersubjetivos trascendentales.

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